Fiestas de fin de año en pueblos originarios de Latinoamérica: épocas femeninas para celebrar y agradecer.

Regalos, compras. Consumo y más consumo. Llegan las fiestas de fin de año y se produce una vorágine que activa el mercado a su máximo, en un comportamiento de compra masiva y enajenada, todo en pos de obtener el mejor presente.

Pareciera que muy atrás quedaron los momentos sencillos, íntimos, simbólicos, que nos permitían expresar afecto y amor.

Toda esta distorsión se vio acentuada cuando costumbres cristiano occidentales impregnaron estas fechas de una insólita postal de nieve y frío, en circunstancias que en diciembre, en nuestra Latinoamérica, llega el verano y el calor.

Pero esa distorsión no existió en nuestras culturas originarias, ya que producto de una profunda vinculación con diversos elementos de la naturaleza, fueron haciendo del fin de año un punto de inflexión y de celebración.

La tierra, los cultivos, los florecimientos, compartir en comunidad y agradecer por lo recibido, son elementos que aparecen repletos de color en el solsticio de verano, un momento para festejar y dar gracias a la pacha mama por el inicio de una estación en que habrá cosechas y abundancia.

Un hermoso ejemplo lo encontramos en Ecuador, durante el Killa Raymi, en que se le rinde homenaje a la mujer porque se le considera fertilidad, agua y ciclo de vida. Las festividades arrancan en septiembre con la llegada de la primavera y abren una temporada en que diversos ritos irán marcando en el calendario una época femenina en que en total, dos solsticios y dos equinoccios, relacionados con el Sol y la Luna, invitarán a celebrar el fin de año con risas y algarabía, por la germinación, los brotes y las cosechas.

Mujeres impregnando desde las raíces el acervo cultural latinoamericano.

 

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