Mujeres en la montaña: Cordadas de conexiones milagrosas

Karla Weehlock es protagonista de uno de nuestros cuentos en el libro “Mujeres Con Todas Las Letra-z”, es alpinista y fue la primera mujer latinoamericana en escalar el Everest, la montaña más alta del mundo. En Colombia existe una mujer que logró lo mismo ocho años después, que ha derribado las barreras de género en el deporte y nos ha demostrado que las mujeres podemos con todo. Ana María Giraldo, mamá y deportista, es una Mujer con Todas las Letras. Te invitamos a leer esta crónica escrita por Ángela María Buitrago escritora invitada de nuestro proyecto.

Bogotá, D.C. 09 de octubre de 2017

 

Mujeres en la montaña: Cordadas de conexiones milagrosas

 

Sentarse una noche con Ana María Giraldo a conversar acerca de una vida de retos y aventuras, revela la historia de un camino hecho al andar, comprobando la frase icónica de uno de los poemas más conocidos de Antonio Machado. Mientras la escucho hablar, desde su rol de mamá y esposa, compruebo que su vida ha sido una cadena de conexiones milagrosas, eslabones que nos han llevado hasta esta conversación.

Hace pocos años, me encontraba en un proceso de recuperación de una cirugía, con sabor amargo en el alma y llegó a visitarme una gran amiga, a hacerme una invitación que prometió tendría un sentido especial. Al llegar al auditorio, me sorprendí al ver a una mujer embarazada, era Ana María, o simplemente Anita, como la llaman de manera afectuosa quienes la conocen, por ser una mujer de contextura delgada, de mediana estatura, tierna, suave y delicada. Ese día hablaba de la montaña y de uno de sus más grandes logros, haber conquistado el Everest. 

Al verla allí, me conecté inmediatamente con su experiencia. Durante su charla habló de estar parada en un punto muy alto de esa montaña, con poco oxígeno, viendo a un montañista muerto a su lado y se preguntó si debía seguir subiendo o tendría que asumir el rol de su colega fallecido, quién sabe hace cuánto. En ese momento, ese mensaje me hizo sentir que también valía la pena proponerle a la vida seguir subiendo la montaña juntas. Sin que Ana María lo sepa, su historia de valentía, ha sido motor de continuidad en la mía. 

Subir a una montaña, es una experiencia físicamente fuerte y para las mujeres implica un reto mayor por tener necesariamente que romper los paradigmas construidos históricamente, como por ejemplo, la idea de que somos frágiles y desistimos ante los retos físicos, o la imagen de que el montañista es una persona ruda practicando un deporte duro.  Estos retos no han sido ajenos para Ana Maria, cuando empezó a practicar montañismo, siendo una mujer muy femenina, despertó todas las inseguridades de sus compañeros hombres y tuvo que demostrar de qué estaba hecha, con su constancia y su fortaleza. Jamás ha dejado de ser suave y delicada, su esencia permanece viva. Le siguen diciendo Anita, aún sabiendo de su grandeza mental y espiritual, que la impulsan a enfrentarse a grandes retos físicos.

No sólo ha sido ejemplo para otros. Para ella misma, la montaña ha sido una escuela de humildad, que le ha enseñado que los logros de mayor satisfacción y recordación, son aquellos que construye junto a un equipo, y que el logro es posible gracias a la existencia y apoyo de otros. Antes de iniciar el montañismo, fue nadadora profesional y campeona panamericana, logró la posición 16 en el mundial de Polonia y estaba acostumbrada al logro individual, y a tener el protagonismo. Al abrirse campo en las carreras de alto rendimiento y en el montañismo, los cuales no son competencias individuales, sino que dependen del esfuerzo de equipos completos, descubrió que también había otras mujeres con un alto nivel de rendimiento, y mucha gente igualmente buena, con muchos años de experiencia y preparación. Como ella misma lo menciona, “hay momentos para ser el protagonista y hay momentos para aprender de los que son los protagonistas”. Aprendió que en equipo se llega más lejos y todo se disfruta más.

La montaña no fue su meta original, sin embargo, ésta la estaba esperando, quería que sus pies la recorrieran y que se cargaran con su energía, para transmitir al mundo las maravillas de transitarla. Pero antes de llegar a la cumbre, Ana María tuvo un recorrido en otros deportes, comenzando a los nueve años de edad, con prácticas de natación en Manizales (Caldas), una ciudad interior, con pocos escenarios deportivos y acuáticos, para la época. La elección inicial de la natación fue de sus padres. Sin embargo, fue su curiosidad  y constancia lo que la llevó a sus 17 años a tener uno de los tres logros más importantes que ha tenido de su experiencia deportiva: Ser campeona panamericana de natación subacuática de larga distancia, reto que le implicó recorrer una distancia de 6 kilómetros en aguas abiertas en el mar. Además de aumentar la confianza en sus capacidades, abrió la puerta a las oportunidades del deporte profesional y en ese momento, empezó a ser deportista apoyada por el Estado colombiano. 

En el 2002 obtuvo su segundo logro más importante en su carrera deportiva: el Eco reto del Tequendama. A pesar de no obtener reconocimiento nacional o internacional, tuvo un significado altísimo para ella. Ésta es una carrera de 3 o 4 días, donde cada equipo decide su estrategia, decide si para a dormir o no y el ritmo que llevará. Ese fue el salto del agua a la tierra, fue el inicio del trabajo en equipo, era parte de un equipo mixto donde ella fue la única mujer. Así, el haber terminado en los cinco primeros equipos, fue muy significativo para ella, así no hubiera sido percibido sino sólo por pocos. 

Por supuesto, al preguntarle por sus principales retos deportivos, aparece en escena el tercero y de mayor impacto: ascender el Everest, la montaña más alta del mundo. Una cordada es esa unión de montañistas dada por una misma cuerda, es la línea de vida que nos permite llegar a la cumbre y descender; así, aunque Ana María no había decidido de manera espontánea ser parte de una cordada, su puesto ya estaba preparado, la cordada la llevó del mar a la cumbre, la elevó desde el agua líquida hasta el agua congelada y le permitió aprovechar en grandes alturas, esa fuerza adquirida luego de muchos años de entrenamiento. Sacó provecho de un estado físico ya adquirido y así, cuando se retiró de la natación y se preguntó ¿ahora qué hago?, apareció su hermano, quien la invitó al club de montañismo de Manizales, donde comenzó como aficionada, hasta pasar a ser una de las tres primeras colombianas que conquistó el Everest, la cima del mundo el 24 de mayo del 2007. 

Estos logros nos muestran una historia de perseverancia y disciplina, en la cual Ana María se enfocó en dar el primer paso, en continuar, en aceptar las nuevas puertas que se abrían y avanzar en cada etapa, lo que le permitió llegar a donde está hoy. Así, todas las “casualidades” que se presentaron en su camino, que prefiero nombrar conexiones milagrosas, han unido de manera invisible su ser con la montaña y con otros seres y han permitido que su historia sea una realidad y pueda ser contada.

En la actualidad, las mujeres montañistas somos más y aunque no subamos juntas la misma montaña, hacemos parte de la misma cordada. Cada vez que una nueva mujer llega a una cumbre, la montaña (que es mujer) se fortalece, se siente valiente y recarga a aquella que ha llegado a la cima para que por su cordada transmita a las demás la energía vital que sólo la montaña transmite. Con cada ascenso femenino, el poder se multiplica y sin duda, nos consolidamos como fuente de relaciones fuertes y capaces de transformar realidades, y de vivir y motivar a otros a vivir con pasión. La montaña nos equilibra y así, todas, bellas y fuertes, entramos a ser parte de un equilibrio que vivimos en las vidas cotidianas que llevamos a menor altura, siendo replicadoras de formas de vida sanas y distintas, desde los diferentes roles sociales que desempeñamos: madre, hija, hermana, esposa, amiga, empresaria, entre otras.  

Así, Ana María como madre, menciona que si algún día uno de sus dos hijos, o ambos, deciden emprender el camino como montañistas, los apoyará a que se entrenen y a que busquen perseguir su sueño. Sabe que los apegos no dejan crecer las alas y sabe que ella tiene unas grandes gracias a sus padres, y también sabe que cuando sea el momento, le corresponderá premiar a sus hijos con alas igualmente grandes para que hagan su camino al andar, por la ruta que decidan. 

Luego de haber estado el sábado 7 de octubre de 2017 en el concierto de U2 en Bogotá, recuerdo la canción Ultraviolet, en la que hicieron homenaje a las grandes mujeres de la historia e incluyeron a algunas colombianas, yo incluyo en esa lista a Ana Maria Giraldo, una mujer que ha recorrido pasos fuertes para enseñarnos a través de sus sueños y experiencias: “I guess it’s the price of love, I know it’s not cheap”.

 Angela María Buitrago Arias (“Angelita”)